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lunes, 23 de mayo de 2011

Indignados!












Fue una mañana soleada y ventosa. Quizás Eolo, con su frescura, incidía en el pronóstico de lo que se avecinaba por el horizonte y que nadie calculó en un principio. Antes de seguir con mis obligaciones compartí esos primeros momentos con un grupo heterogéneo un malestar, una protesta unánime, convergente, aquella que se viene arrastrando sutil y susceptiblemente desde hace ya meses. Me sentía vinculado por diferentes razones y fui uno más de tantos.
El ideólogo que dio pie a todo ello, nonagenario ya, pero con una lucidez a prueba de vendavales, hizo que todo despertase y que el mensaje cuaje de tal modo que las consecuencias no se vislumbran todavía. Hay quien se atreve a vaticinar que el cansancio hará mella en todos sus componentes y que la continuidad será como espuma de cerveza. Pero a tenor de los visto, se constata que la creatividad, el impulso y coraje de una nueva forma de hacer política ciudadana está cambiando el rumbo hacia otros derroteros más equitativos e igualmente formales. ¿Caerá el estatus del individuo? ¿O podrá su acomodaticia sedentariedad?
Las formas clásicas, que tanta euforia han creado en el panorama resultadista reciente, están quedando obsoletas. Es igual, gane quien gane, si es más de lo mismo, exista el color que exista. La extensión de fórmulas mecanicistas, funcionalismos baratos, donde los números tienen brazos y piernas, no tiene razón de ser. Se alejan de la ética, aquello que preconizaban griegos primigenios.
El contagio se expandió, por lógica, a toda la calle y en muchas plazas. Incluyendo repercusiones internacionales de las que hay que tomar nota, la simpatía creada se ramificó en multitud de detalles, espacios y formas. El sentido de responsabilidad y lo bienpensante tomó cuerpo y ninguna fuerza de orden pudo con una masa que tomó conciencia después de un largo periodo aguantando despropósitos y ninguneos sociales. Fue creciendo en intensidad, sabor y honestidad, quizá, lo que les falta a esos gerifaltes tan ávidos. La erótica del poder crea adeptos, en una sociedad cada vez más secularizada. ¿O es la supervivencia del homo stupidus?
Poco a poco, la primavera, otra vez ella, tomó protagonismo. Con esa calidez, con esa luz. Donde aflora la dignidad como eje vertebrador del colectivo. Como en Praga, la Sorbona o, recientemente, Egipto. Aunque no lo podemos relacionar, ocurrió sin palos pero con firmeza. De modo reflexivo. Consensuado. Congregando a propios y extraños, de toda índole, condición, género y edad.
Alguno de los que ahora se frotan las manos pensando en su nueva posición relevante en los diversos órganos consistoriales, no sepa dónde están los adoquines ni la playa, pero la tendencia es uniforme. Los viejos discursos no servirán para otros propósitos que no sean los meramente dignos para el ser humano. La falocracia está condenada y muchos no lo saben ver por que se rigen por unos modos pasados de moda.

Y encima, el supuesto triunfalismo les hace creerse mejores que los que les han alterado, a todas luces, su burdo electoralismo localista.

Lo siento, señor Fraga.









jueves, 5 de mayo de 2011

GOAL!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!...



o la crónica anunciada de una falacia.

Otra vez nos lo han colado... Ha sido digno de un encuentro de fútbol, en este caso lo que ellos denominan “soccer”, pero sin el mediatismo de Messi y Ronaldo, que tan de moda están, sobre todo por el aborregamiento que provocan y las satisfacciones mentales que recrean _espero que físicas también_.
Sin embargo, esta adocenación es la misma que han recreado los televisivos SEALS, que tan fiel y peliculeramente han cumplido las órdenes de su bienamado jefe, tan compungido en el atrincherado espacio de su oficina.¿Qué hubiera pasado si se hubiera derribado otro Black Hawk? No sabía yo que existía una segunda parte del film “Eraser”, protagonizado por el musculoso Arnoldo... ¿Cómo es posible de que nos alegremos de la desaparición de alguien, por muy ogro que sea? Si no iba armado, ¿cómo esa obsesión en cazarlo? ¿Desde cuando los funerales árabes acaban en el mar? De monoteísmo a monoteísmo, y tiro porque me toca. ¿Te mato y cuántas cuento? Gloria a Caín. ¿Cómo es posible que nos las den con queso otra vez, sabiendo que las armas de destrucción masiva no existían? ¿Cómo es posible que todos los que festejaban la algarabía patriótica en la zona cero tuvieran, mayoritariamente (bien enfocados estaban, of course) una media de edad comprendida entre los dieciocho y veintipocos años? ¿Realmente lo vivieron? ¿Qué hacemos con lo acontecido en Madrid? ¿Celebrarlo en Cibeles? Y en Londres, ¿nos vamos de pubs? ¿Cómo es que se colabora con gobiernos que ejecutan extrajudicialmente cualquier molestia? ¿Qué sentido tiene disponer, pues, de contingentes desplazados en aquel territorio? ¿Es posible creerse la argumentación exhibida por los capos de una mafia oficial que se perpetúa a través de televisiones y medios afines? ¿Realmente estamos más tranquilos que antes de la caída de las torres? ¿No será que es necesario inventar otro chivo expiatorio para alimentar el miedo que es lo que controla nuestro ser? ¿Tan poca lucidez tienen que denominan la operación “Gerónimo”? ¿Todavía tienen interiorizada la figura de quien luchaba por unos intereses legítimos? ¿Hacía falta un despliegue operístico después de diez años? ¿Necesitaba Wall Street subir enteros a cualquier precio? ¿A qué teme el jefe de la democracia occidental, presunto valedor de las buenas y sabias costumbres? ¿No se ha enterado que la quema a lo bonzo en Túnez ha tenido unos efectos más populares, si cabe, y efectivos que su despliegue bélico en estos últimos años? ¿Cuál debe de ser la condición social que refuerza nuestra identidad en contra de un supuesto enemigo? ¿Cómo es posible extender la insidia sin medida, y no utilizar el diálogo como método?
Ahora sí, Xose, ahora si que hay que preguntarse aquello del por qué...¿Por qué no nos indignamos con lo que verdaderamente hay que indignarse?

viernes, 14 de mayo de 2010

Esto es lo que pienso.




Me pregunto si el “tijeretazo” obrado por nuestro talentoso presidente, por otra parte calificado de “hachazo” en el Financial Times (fuente:CNN), no es fruto del miedo a vernos convertidos en otra Grecia y enviar (de hecho, lo ha hecho_ ¡qué diría su abuelo...!) toda la ideología a tomar por el _bul del Estambul (qué cerca está Turquía y que poco la queremos) del abedul, sobre todo después de vender como buenos los cuentos del brote verde, auspiciados por encuestologias baratas, estadísticas de usos varios para aplacar ánimos... Situarnos a la altura del país helénico no forma parte de nuestra soberbia; al fin y al cabo, siempre hemos mirado hacia el norte, despreciando el sur. Nobleza y prestigio obliga. José María hizo lo mismo.
Pero no nos pongamos a temblar. Nuestra pirámide poblacional está suficientemente sólida y tejida, con un carácter suficientemente arraigado como para no alterar lo social por mucho que los sindicatos se envalentonen (¿qué guión les toca, sino?). Somos un país de resignados pícaros que siempre obraremos por la tangente. Y si no que se lo pregunten al comensal que, con motivo del desangelado y triste 1º de mayo anterior, me comentó detrás de un suculento plato en el interior de un restaurante céntrico: “...hemos actuado con destreza. Hemos educado a nuestros hijos para hacer lo correcto. Haz lo que yo te diga, pero no lo yo que haga...” ¿Supervivencia máxima o falta de honestidad con uno mismo? Nunca ha habido, que yo sepa, un tiempo de vacas tan escuálidas como ahora, con lo que no me sirvió como excusa. Nos las prometiamos felices, hemos vivido en una ficción y gracias al ladrillo creció una burguesía que, lejos de ser la tradicional que provoca flujos y mercados, se enquistó en una élite buenista y satisfecha, con una descendencia afín. Así nos va. La demografía es una ciencia a la que no hacemos caso; sin personas no existe territorio ni urbanismo pertinente que insufle el monumentalismo exhibicionista de lo occidental.
Pero debajo de ese estatus, ¿quien queda? Engels y Hegel lo tenían claro. Con las crisis, todo nómada desaparece y vivimos en una sociedad de clases, como decía Marx. Aunque otro de su apellido ya acertó con aquello de “... de la más absoluta pobreza hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria...” Se llamaba Groucho.

jueves, 11 de marzo de 2010

Inclementes!



Recuerdo muy vagamente aquel invierno del 62. Seguro que ha habido otros como aquél, peores o diferentes. Mis pocos años de entonces no me permiten ahora clarear ideas ni conceptos, pero sí sensaciones y pérdidas. Sobre todo, aquel caballo de cartón con el que entretenía mis juegos, y cuyo material quedó dañado por un manto blanco y húmedo, que en pocas horas cubrió la ciudad dejándola desconocida para mis despiertos ojos. Un color que fue ocupando toda extensión que abarcara la vista de un mocoso que se quedaba embobado tras el cristal de la puerta del balcón, despreocupándose de aquel elemento tridimensional y compañero infatigable de lúdicas batallas, pendiente sólo por la caída de copos y más copos que le han dado fama desde entonces. Una nieve que rompía el tedio y cuyas temperaturas exteriores obligaban a estacionar toda actividad y ocupación en los domicilios. Algo sublime estaba sucediendo, mágico y sorprendente a la vez, despertando la curiosidad en relación con el fenómeno, inusual, pero que obligaba a la búsqueda del por qué. ¿Cuál sería la posible respuesta para mi edad en aquél momento?
Ello me viene a la mente 48 horas después de otra, parece ser, gran nevada, que ha dejado paralizada a toda una comunidad, perjudicando a diestro y siniestro, desmantelando rutinas y obstaculizando el seguridarismo que debe imperar en toda sociedad que se precie de su orden y concierto. Hay una interminable lista de culpables y todos se sueltan los perros, mutuamente: de servicios, institucionales, meteorológicos y hasta individuales. Se categoriza todavía más aquello de que “nunca nieva a gusto de todos” (¿o es la lluvia la protagonista de este dicho?) y que los cristales vaporosos que caen del cielo, en estas ocasiones, deben ser hasta comedidos y ordenados, sumisos al ritmo que marcan los cánones establecidos, no ofender ni alterar el estresado ritmo de nuestras vidas. ¿Cómo osa la madre naturaleza agitar nuestro mundo de este modo? Los rotativos se han puesto las botas, dando la impresión de necesitar que suceda un hecho de esta índole para evidenciar toda miseria que sucede en nuestro entorno inmediato cuando la climatología vierte a gusto su energía, sin mediar permiso. Digo yo si lo precisa. ¡Ah, es que esta descarga invernal no respeta ni las normas! Y lo mejor de todo es que la ventisca “solo” ha sucedido en estos andurriales y en otros lugares la nieve sea o de postal o recatada al uso.
Me llama una amiga para comentarme lo feliz que se encuentra de no estar dentro del caos automovilístico creado. El coche, segunda residencia por excelencia, eterno ataúd, pero que fomenta y hace crecer el ego. Qué satisfecha se siente de no ser responsable de la conducción en esos momentos de agobio donde, intuyo, ha dirigido las posibles maniobras otra persona. Le recuerdo que pese a lo que vivimos en el túnel del Bruch hace años, no dejó de ser una aventura exquisita, una experiencia enriquecedora... Por que, ¿cuántas veces nieva en tu vida? Posiblemente sea un problema de soberbia en un mundo tan exacto, absoluto, consistente y supuestamente seguro, donde la rutina no deja espacio ni a la sorpresa, ni la contemplación de la magia . No nos está permitido ni sentir cómo éstos, aquellos copos, son otra manera de vivir donde nos ha tocado habitar.

martes, 15 de septiembre de 2009

Pasear










































Me resultó chocante la puntual aglomeración que se daba cita en aquel lugar, enclave estratégico por otra parte, del territorio francés. El atractivo turístico hacia de aquel espacio, sin embargo, algo muy frecuentado, y la coincidencia común llenaba de prisas, nacionalidades y apretujones cualquier itinerario de los aconsejados al visitarlo. Era un continuo salvar el escollo humano, pues no se permitía el sosiego cuya finalidad fuera el disfrutar y enriquecerse del entorno paisajístico e histórico, haciendo del recorrido algo difícil en sí mismo.
Posteriores andaduras, sea por zonas olímpicas, casco antiguo de nuestras poblaciones o zonas comerciales, me sumergieron en el diccionario a la búsqueda del término. Reflexionar sobre este verbo es tarea ardua, ya que un primer significado te lleva a un segundo o tercero, y su contraste te aleja de la realidad, por el simple hecho de que cada deseo debe de ser respetado. La acción supone, de entrada, el disponer de espacio vital para hacerlo, resultando contradictorio que, sin ver más allá de nuestros pasos, nos veamos rodeados de un amontonamiento inusual e ilógico para unas horas de asueto a nuestra disposición. Si su significación principal es distracción, libre utilización del propio tiempo, el caminar sin dirección determinada es imposible, en ocasiones, desde cualquier ángulo. La muchedumbre coincide al mismo tiempo, y calles y plazas se convierten en riada de obstáculos que hay que sortear antes de alcanzar el susodicho y deseado momento donde la mente se explaya a gusto sin premuras de tiempo. A no ser que se pretenda un eremitismo en algún valle perdido de nuestras montañas, so pena de padecer viaje a cuatro ruedas para llegar, no hay rincón que se vea libre del alud curioso de la gente, en su afán de invadir lo invadible. Quizás la culpa de todo la tenga el reloj; y si no, que le pregunten a la estresada ballena del zoo.


Diario comarcal “El Far del Llobregat”, sección Opinió/Tribuna d'Actualitat. 20-11-1992

martes, 16 de junio de 2009

Ansiedad



























































“Desgraciado el país que necesita héroes...”Bertolt Brecht (1898-1956), dramaturgo y poeta alemán, fue quien acuñó la frase. Vivió en una época convulsa y compleja, donde el ascenso de algunos sectores de la población a una ya incipiente e influyente burguesía determinaba una aislamiento del individuo en sí mismo, que él consideraba la mayor riqueza del colectivo humano. El ser es aniquilado por la fuerza del capital, siendo éste el nuevo dios que todo lo rige, todo lo domina, todo lo pragmatiza.
A vueltas con esta entrada y rodeado de toda la pomba y boato que corresponde al mes de junio (será el verano...), me pregunto qué sucederá si cierto presidente equivoca sus predicciones, si una aclamada figura deportiva (de la que, creo, ya he hablado en algún post anterior) no culmina la jugada para la cual ha sido encumbrado. Ya sé que el “más de lo mismo” me invade en un momento en que nadie mira alrededor con respecto a otras cuestiones (...o si se hace no se nota... ), pero, precisamente en unos tiempos en que organizamos una protesta por que un equipo está en segunda (¿se acuerdan aquella en la que cierta afición hispalense no quería a su idolatrado equipo en categoría inferior?), pero no nos implicamos a la hora de haber ejercido nuestro derecho al voto ( y encima maldecimos los resultados ). Preferimos celebrar el que un español (estadísticas aparte) es un figura en el país de los rascacielos que no desconectar los televisores donde la bazofia invade unas imágenes destinadas al entretenimiento más chavacanero. Menos mal que Punset se ha cambiado de horario...
No quiero imaginar cuando las expectativas más esperanzadas se lleven al traste las ilusiones más anheladas. Nos convertiremos en el país del “siempre esperando”... a que otro solucione el problema. Mientras, la velocidad de las motocicletas nos hipnotizará tanto que no sabremos disfrutar del paso a paso de la vida.
¿Es la banalización de las costumbres, los hábitos, el triste final de las sociedades opulentas, satisfechas, hartas? ¿Dónde está la conciencia, la idea de colectividad que se nos “inculca” en la escuela? Es un buen momento, “crí... tico”, pero bueno, para reconducirnos a lo humano.
No nos engañemos. Fernando Torres defiende la mercadería. Lo que ocurre es que él, en sus últimas declaraciones, también querría ser el héroe ascendido al Olimpo. Y que lo admiren las multitudes. En mi caso, prefiero ser querido; aunque sean unos pocos.

lunes, 9 de febrero de 2009

Estirar



























“Estiramos más la manga que el brazo”… dijo, utilizando el refranero. Así de contundente fue. Coincidí con él después de un tiempo en un bar de esos que disfrazan estilo y postín en la periferia de la ciudad, pero con un menú que no reviste más seriedad que lo acostumbrado para el nivel que debe exigirse y el precio que se abona. Ahora que nos apretamos el cinturón realmente, impera la moda de no cocinar los fines de semana y los denominados “to take away” adaptados están llevando la palma y la calle a todo transeúnte que, como forma de ocio, tiende a visitar estos espacios que disponen de charcuterías, vinotecas, degustación y demás variantes culinarias como añadidos. En su interior, hay un espacio donde la cocinera es como las de antes, o sea, como nuestra madre. ¡Y están a rebosar!

Apropiándonos de la calidad de las viandas en cuestión, este ávido lector de un rotativo de derechas, mordaz impenitente y demasiado parcial para mi gusto, (aunque esto último refiriéndome a las lecturas correspondientes y no a los platos asignados) me explicó su particular visión de la tan manida crisis que todos padecemos, incluido él, que tanto le toca como pensionista. Un bla, bla muy extenso. Él, que nació y vivió una posguerra cómoda y ahora se encuentra habitando barrio complejo de ciudad populosa con vecinos de otras nacionalidades que trabajan hasta en domingo, si es necesario. La afirmación que encabeza el comentario viene a cuento de que, siempre según la perspectiva de este distinguido comensal, “… en esta península siempre nos hemos dado al alardeo como competición. Pertenecemos a un tipo de tribu que, desde los íberos, hemos peleado siempre por lo nuestro, sin atisbo de solidaridad y con la única obsesión de tener más que el vecino. Ni con la venida de los romanos, por mucho imperialismo que pretendieran inculcar, nos hizo cambiar el carácter y como dijo un tal Meliá, político a las órdenes de Suárez, somos un pueblo que tiene las opciones de adaptarse o le pasan por la piedra. Y claro, tenemos demasiado orgullo. Y este es el problema: como no tenemos otra cosa, eso nos queda, siendo nuestro principal mal. El empresario que crea una empresa quiere tener, al finalizar un ejercicio económico, un chalet y un super coche aparcado en la puerta. Y, por supuesto, mirar de soslayo. Parece que el no triunfar sea pecado. Eso es lo que ha quedado en el tejido de este territorio. No sé por qué nos sorprendemos. Todos buscamos lo mismo. Y cuando viene una hecatombe, que supongo ha habido y habrá, al dejar de ganar lo que se ha previsto, se proclaman pérdidas económicas. Es una obscenidad; y una falta de ética…”

Debo decir que las palabras de mi ocasional contertuliano me impresionaron. Sobre todo por que se hacen con el estómago lleno. Al menos, parcialmente; es el momento en que despotricamos mejor. Me vino a la mente otra conversación, esta vez más allá de estas fronteras, pero de similares intenciones. Esta vez el interlocutor poseía, creo que todavía dispone, tierras en Cisjordania, cuatro mujeres y una ocasional ocupación laboral de guía turístico en el país de al lado. Y debe mediar constantemente con una situación difícil, dada la conflictividad en la zona. Abogaba, defendiendo con vehemencia pero degustando té, que el dinero es lo que mueve el mundo, por mucho que los dioses y los hombres se empeñen en lo contrario. Cada individuo sobrevive como puede y el supremo le da a entender. Los sorbos de la infusión eran un detalle por haber consumido en un restaurante de carretera de los que era adjudicatario de beneficio por tantas personas que lo visitaran. Me pregunto si Isiah, allá por la inmensidad del subsáhara senegalés, con su cocina de quita y pon, puede opinar de algún modo mientras muele el mijo diario para los suyos.

Por cierto, no aboné el montante de la cuenta; fui invitado al finalizar la sobremesa. Hoy, la ensalada tropical estaba sabrosa. Será que lo gastronómico nos permite medir nuestro estado del bienestar.

miércoles, 6 de junio de 2007

La esencia...del tarro.
























Como dijo un físico español, y profesor de la Universidad de Granada, "...es una enfermedad que no tiene cura..." Esta afirmación viene a cuento por dos razones: el mensaje de Z. Bauman y su idea de modernidad líquida, término conceptual por él acuñado en el libro "La sociedad sitiada". "Nada es, todo cambia" es la otra premisa que me motiva en el por qué de lo que sigue a continuación, aunque las tesis de aquél señor ya las adelantó otro lucido pensador de la Grecia clásica; fue un tal Heráclito, con lo que no creo que se haya inventado nada nuevo.
Hete aquí que nos encontramos ante la criptografía, amada afición de nuestro profesor, fervoroso defensor, por otra parte, de esta especialidad que toma como juego, cosa que me satisface, pues en lo lúdico está el buen aprendizaje.
Este lenguaje, utilizado preferente y eficientemente en todas las guerras habidas, ha sido el mayor goce de los hoy día miedosos parapetados tras una pantalla, tenga ésta el plasma y medida que tenga. Primero fueron los griegos, después los aliados y ahora les toca, dentro de la mencionada liquidez de Bauman, a todos los poseedores de esa infinidad de elementos tecnológicamente avanzados, inmersos en nuestros hogares y bolsillos, que circulan y se aposentan en este "bienintencionado" mundo que con tanta rapidez fluctúa. No digo que los seguidores del señor Bell utilicen el/los aparato/s como se concibieron estrictamente en origen, que para eso son los inventos, pero la ley de la oferta y la demanda está marcando diferencias. Irreconciliables y, parece ser, separatistas. "Guetizan", si se me permite determinarlo así. Esta modernidad que nos rodea me lleva a cavilar un poco y como protagórico sofista, sin pretender pedantería alguna, "...la realidad es lo tú sientes..."
Uso o abuso de los medios... ¿una nueva dominación? Hay quien tiene en su agenda o correo cerca de mil números o contactos. ¿Se han parado a pensar el esfuerzo de cuidarlos a todos? ¿Hasta dónde llega el sacrificio por el mimo hacia el otro? La socialización, democrática ella, extensiva de éstos, provoca una desazón en el acceso para ellos mismos. Y en ese determinismo economicista, marginación, segregación... Aldous Huxley, sin embargo, tendría razón. O no. ¡Ah, los utópicos... ! No contaban con la ingratitud o el látigo de la indiferencia...
Toda esta sarta pretende hacer ver la polarización más acuciante que padecemos. Cada vez que deseamos hablar o comunicar con alguien, se me..._ y me acuso_ hace una montaña. Lo digital nos está llevando por el camino de la amargura; sobre todo para aquellos que, como yo mismo, nos gusta ver la cara de nuestro interlocutor frente a los ojos. ¿Soy excesivamente sincero? ¿Me gusta la claridad? Sí, situándome globalmente, puedo decirle a fulanito de Yokohama lo baratas que están las naranjas en la Boquería, comparándolas con lo que cuestan en su país (¡ vaya tema tan trascendente... !). Con un movimiento rápido de pulgar, donde intuyo que también intervienen otras falanges, mi amiga senegalesa me explica, con todo lujo de detalles, las reflexiones sobre su inminente boda. Pero... ¿no es mejor que nos contemplemos, que conozcamos cómo respira aquél, de qué color es su piel? ¿Qué le atenaza y el por qué de esas erupciones cutáneas?
Las tecnologías de la información, cada vez más técnicas y menos lógicas, son un negocio que permite, paradójicamente, incomunicarse, y si no lo haces, tienes que dominar un lenguaje de tintes (olvidémonos aquí de la química que sirvió en los primeros pasos de las escrituras) criptográficos, de lo contrario te ves sumido en la estratosfera de la relacionalidad. Estado gaseoso éste. Es un poco maquiavélico, sin embargo. O estás conmigo o estás contra mí... O en mi círculo o fuera de él... Te dejo un mensaje y ahí queda... Si tengo saldo, te contesto; y si no,... Disponemos de todos los medios y cada vez nos alejamos más, unos de otros. Como dijo W.E. Kurtz, "muchos gestos y poco movimiento..." ( versión Marlon Brando de "El corazón de las tinieblas". O Séneca, "... muchas posadas y pocos amigos...", que viene a ser lo mismo.
No me considero un desplazado, pero empiezo a creerme un analfabeto digital. No estaré habilitado, quizás. A lo mejor es que comienzo a tener artrosis en los nudillos... ( ¡espero que no; qué van a pensar ellas... !) O soy un completo acólito impreso de esa "divina" religiosidad y necesito "ver"..., por que si no, no creo; y no me llamo precisamente Segismundo. ¿Alguien puede, o quiere, ayudarme? ¿Será un óptico? ¿Informático? ¿Lingüista? ¿Qué método acabaré utilizando para lograr la comprensión y no el aislamiento?
Lo malo es que dispongo de uno/varios terminal/es en ciernes, que me ubican en esa interminable lista de paganos que al final del mes debe aportar su granito de arena al monopolio empresarial que me suministra el servicio. Y siempre caes en el error del arresto domiciliario. ¡Socorro! ¿Me quedaré sin amigos? Redefinamos: ¿amigos, conocidos o coincidentes?¿De qué dependen las acepciones? ¿De la causalidad, la casualidad, de la implicación o el compromiso? Tendré una soledad impuesta sin ánimo de lucro. ¿O será una soledad buscada, defendiendo los principios de mi territorialidad más íntima, mis creencias más proclives a la liberalización plena de la persona, al buenismo más descarnado, pero crítico, so pena de padecer la recriminación, burla y mofa de los que se dejan llevar por la corriente del laisser faire "new hippie" que hoy invade y disfraza según que territorios?
Pero, ¿cuál es el origen? ¿La congoja? ¿La necesidad de aparentar, ficcionar, ser otro? ¿La comodidad de no necesitar moverse del sillón y que sean los demás los que se molesten? Pero si con el otro te puedes ver, se deja ver (sí quieren ambos, claro...). Por que la desconexión no es una opción; es una alternativa no definitiva. Lo malo es que se convierta en una falta de opciones. Pero como dijo Luis Eduardo... ¿cómo te atreves a vivir sin un ordenador? ¿Cuál es la realidad que ofrecemos? ¿O nos preocupa más la imagen dada?
El miedo es también un negocio. Por lo que conlleva y los "beneficios" que, intrínsicamente, crea. Y no en el ámbito monetario sino en el personal... No descubro nada. Constantemente nos bombardean. Acabo de recibir una llamada, por supuesto digital; pero, ojo, sin poder ver el número que me solicita, un correcto interlocutor me ha intentado vender las virtudes de un seguro por si los ávidos de los ajeno atentan contra mis propiedades... ¿Cómo saben ellos de mis posesiones?¿Tanta envidia suscitan?¿De quien debo defenderme, si no conozco enemigo? Pues hay que inventarlo... Y si no, ya lo inventan otros, que es más cómodo. Pero con factura final, claro.
"Sensación de vivir": série_ ¡oh, el gran templo! _que ofrecía, en épocas en que las cadenas de televisión eran muy proclives a captar audiencia, un producto muy singular de diversas lecturas. Otros tiempos; aunque ahora, por mucho que hayan cambiado los perros, siguen los mismos collares... En los años ’90 se abrieron las mentes del progresismo en este país de modo bárbaro... aunque tuviéramos la Guerra del Golfo sospechosamente cerca.
Hay que discriminar los términos del título y extraer. Lo de sensación era una catalogación etérea, una virtualidad, compuesta de "realidades" indefinidas. Y por supuesto, lo de vivir era de una lógica aplastante; no tenían más remedio. Por la interacción. Constantemente, las vicisitudes de los protagonistas, de una franja de edad concreta y unas condiciones determinadas de vida y nivel _y esto es otro dato sintomático y explícito hoy en día_ no daban para una concreción en sus propios biorritmos, muy alterados. La madurez aparecía en contadas ocasiones... El "crecer" se conseguía basándose en sobresaltos, intereses puntuales y pautas creadas en función de viento que soplaba. Pero... ¿qué ideal se intentaba vender? ¿Qué ejemplarizaba? Lo del entretenimiento visual era una intención supuesta. Pero, ¿cual era el modelo? ¿Un infantilismo a raudales?
Ahora estamos en una misma situación, nihilista tal vez, pero con el aderezo "gastronómico" de la susodicha tecnología, convertida en dogma, en atrezzo, que asiste e insiste en nuestras vidas. La instrumentalización del "yo" nuestro en un entorno denodadamente atroz hace que nos acojamos a una "Second life", ( hace años se llamaba tamagotchi, creo... de tamago, huevo, y chi, afecto, aquella mascota virtual que creaba tanta dependencia ) que para eso se vende, tendenciosa y libidinosamente... Lo malo es que esto nos lleva la camino de la indigencia. La banalización se extiende y contagia, sin sopesar las realidades tangibles que, a mi modo de ver, se observan y nos hace más coincidentes, pero menos comprometidos. Más colegas, pero menos hermanos. Poca amistad para tanta verborrea. Muchos bares para tan poca charla. Mucha comida para poca digestión. Demasiadas corridas para pobres satisfacciones. Y, para postre, perdemos la memoria en momentos en que se pretende recuperar la "histórica", así que pronto seremos como los peces: a los tres segundos se nos habrá pasado el poder recordar el valor infinito del instante, aquél que disfrutado era inmensamente largo y enriquecedor. Nos estamos dedicando sobremanera a espectacularizar nuestros pasos de todo lo que nos sucede, que la consistencia del momento se hace escasasamente puntual. A lo mejor es que nos consideramos más frágiles y las relaciones las sujetamos en un medio electrónico como último recurso...
Me pregunto si tus ojos vibran todavía, tal como lo hicieron cuando te conocí... A lo mejor es que Bauman tiene razón y no nos queda liquidez ni credibilidad...


Completado a las 5.18 A.M., en el Día Mundial del "Medio" Ambiente (Mal dicho, por otra parte. O es una cosa u otra).